Se levantó en mitad de la noche sin saber muy bien qué hacer. Decidió que ya
que estaba despierta iba a hacerse un vaso de leche caliente y a leer hasta que
le volviese a entrar el sueño. Cogió un libro al azar, leyó el título, "El club de los
viernes", era martes por la noche pero se dejó llevar.
Un libro en el que el arte de hacer punto se convierte en un modo de vida.
Visto desde puntos de vista diferentes: la mujer que es una profesional, su
hija adolescente, la que requiere la ayuda de la profesional, la que necesita
un hobby nuevo, la que necesita compañía…y ella. ¡Sí, ella!
Se vio sumergida en ese mundo y lo que es más importante, vio a esa persona, que la había dejado un par de años atrás, haciendo punto y todo tipo de prendas.
Desde un vestido de alta costura hasta un delantal o una cortina. En ese
momento estaba preparando un mantel para estas navidades. Se acercó a su abuela
y le contó la idea del club de los viernes.
- ¿Alguna vez te has planteado enseñar a coser?
- Bueno, la verdad nena es que enseñé a tu madre y a mis hermanas, incluso intenté enseñarte a ti pero los tiempos cambian y la costura no parecía formar parte de tu aprendizaje, y como me tienes a mí para hacerlo…
- Ya, además yo creo que soy un poco negada, ¡no sé ni coser un botón!
- Vamos a preparar un chocolate calentito y te enseño a dar las primeras pasadas.
Y allí estaba, envuelta en su batín verde con su abuela preparándole un
chocolate caliente y unos churros para merendar. ¡Cómo había echado de menos
ese olor, esa sensación de sentirse arropada! El mundo podía terminar en ese
mismo momento que a ella no le importaría, mientras tuviera a su abuela a su
lado.
Llamaron a la puerta y fue a abrir. Mamá. Mamá y la más pequeña e inquieta
de la casa. En un momento se juntaron 4 generaciones de mujeres muy distintas,
de épocas completamente diferentes, pero con un lazo indestructible que las
unía y les hacía tener infinidad de cosas en común. La más pequeña de la casa
era de verdad muy pequeña, apenas andaba, lo justo para ir dando alegrías con
cada paso que daba; y la más mayor de la familia estaba encantada con tener a
esas 3 mujeres en su casa, tendría que echar un poco más de chocolate pero daba
igual, siempre tenía preparadas dosis de más, por si acaso.
Se tomaron el chocolate entre risas, recuerdos, historias, fotografías,
intercambio de recetas, interrupciones de la pequeña y le pusieron fin ya que
se estaba haciendo de noche y tenían que regresar a casa.
Se oyó el ruido de la cafetera. Lo que la despertó, no sabía que la había
puesto en marcha. Y se vio en su sofá, con el libro en la mano, no había olor a
chocolate caliente, la más pequeña de la casa no existía todavía, estaba lejos
de su casa, su madre también y la realidad de que esa escena que acaba de soñar
no iba a poder cumplirse se hizo presente.
Sin embargo, en lugar de sentirse triste se sintió afortunada por haber
podido imaginar tal momento, por haber visto una vez a su madre y a su abuela
juntas en la misma habitación una vez más. Era eso lo que necesitaba de vez en
cuando.
Todavía era de noche si miraba por la ventana. Miró el reloj. Tenía tiempo
de sobra para volverse a dormir y descansar unas horas más, así que puso el
marcapáginas donde se había quedado y se metió en la cama, con los ojos
cansados pero una sonrisa en los labios. ¡Y a soñar!
Hola guapa! Soy Connie :) Me encanta que te hayas lanzado a esta aventura. Al comienzo es complicado y el camino incierto, pero merece la pena.
ResponderEliminarTe recomiendo que trabajes con la evolución temporal, con el paso del tiempo en tu relato, haces saltos temporales que no terminan de cuadrar con el estilo que le das a tu historia. Hacer que pase el tiempo en un relato es algo dificilísimo y muchas veces yo me vuelvo loca y no lo consigo. Poco a poco, como todos. ¡Besos grandes!
Hola Connie! Muchas gracias! Cómo mejoro la evolución temporal? se supone que se pone a leer en medio de la noche y se queda dormida y empieza a soñar...Algún consejo o página web para consultar?
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