Cada año, como siempre, llegan las promesas a uno mismo. Juntamos todo lo que no nos gusta y lo metemos en una caja, tratando de cerrarla lo mejor posible para que nuestros malos hábitos no se escapen y nos vuelvan a tentar.
Por otro lado, abrimos una caja nueva, mucho más colorida y con un lazo bien grande que augura positivismo y buenos resultados. Dentro, LOS PROPÓSITOS. Los hay de todos los tipos: difíciles, fáciles, alcanzables, imposibles... Y, nosotros, en vez de elegir cuidadosamente unos pocos para que el remordimiento y la culpa no nos acechen al finalizar el año, hacemos lo contrario; los propósitos salen de la caja todos a la vez, como las serpientes de juguete que se encuentran metidas a presión en un bote. Es entonces cuando sabemos que todos esos propósitos nos van a seguir al menos durante unos meses.
Si os pasa como a mí, a mediados de año (que ya es mucho decir) me he dejado unos cuantos, sobre todo los difíciles (ni qué decir tiene que los imposibles fueron abandonados mucho antes) pero es al final, durante el mes de diciembre, cuando me planteo "¿Y qué he hecho yo este año? ¿He cambiado mi vida de alguna manera tal y como me propuse?".
La respuesta suele ser no, además un no bastante rotundo. Quizás mi situación haya cambiado (la verdad es que eso siempre pasa aunque muchas veces la decisión ha sido fruto de la desidia más que de las ansias por ir a mejor) pero no he hecho nada que me haya hecho sentir "mejor".
Pues bien, este año está siendo diferente. Creo que al abrir la caja el 1 de enero me quedé sólo con los propósitos alcanzables, no necesariamente fáciles, sin embargo, pero no me olvidé de cargar un saquito con tesón y buena voluntad.
Y en esas estamos. Segundo mes de 2014. 1ª entrada de 2014.
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