Fueron unos días tranquilos, en los que pasear por las montañas era un acto necesario. Nunca le había gustado demasiado la montaña, a cualquier cosa le llamaba "escalar", aunque fuese ir por un sendero ligeramente cuesta arriba. En cambio, esa vez no era así.
Todo empezó un par de años atrás con un simple gesto: la compra de unas zapatillas de montaña.
El día que las estrenó sucedió algo terrible y le echó la culpa a las dichosas zapatillas. A santo de qué se copraba unas cuando sabía que no le gustaba la montaña, pensó, todo esos bichos, el barro, las posibles caídas, torceduras de tobillo incluso fisuras...¡Ni hablar! Y para colmo, el día que se las pone por primera recibe esa llamada que la marcaría de por vida.
Así que las metió de nuevo en la caja. No le reportaban nada bueno con lo que las dejaría ahí hasta que fuese estrictamente necesario. Y fue necesario un año después aproximadamente. Se dijo que por qué no empezaba a dar paseos, miró a su alrededor y las vio de nuevo, tal y como las habia dejado un año atrás. "¿Qué es lo peor que puede pasar?".
Nada, eso ocurrió. Se las puso, se fue a dar su paseo y ni recibió llamada ni pasó nada malo, todos estos meses echándoles la culpa y ahora resultaba que había sido pura casualidad... Y eso la armó de valor y confianza. Las caminatas se fueron haciendo parte de su rutina y hasta disfrutaba con ellas. Solo necesitaba el empujoncito para, en vez de caminar por el asfalto, caminar por la tan temida montaña.
El verano llegó, y, con él, las ganas de salir de la ciudad, de pasar tiempo con los amigos, de ir a terrazas a disfrutar de unas cervezas y unos cacahuetes (u olivas para quien las prefiriese). Sus amigos eran dos básicamente, contaba con más, pero los que siempre estaban ahí eran dos, y a los dos, les encantaba el monte; una había hecho de él su trabajo y el otro había hecho de él su lugar para vivir. Hacía tiempo que los 3 no se veían así que qué mejor lugar para reunirse que en el pueblo; tenían terraza, cerveza, buen tiempo y MONTAÑA.
¡TRANQUILIDAD! ¡No pasaba nada! Era el momento perfecto para sacar sus zapatillas una vez más de la caja y que no la decepcionaran, ahora iban a demostrarle que no la iban a dejar en la estacada, que eran zapatillas PARA EL MONTE, así que nada podía ir mal. ¡Qué nervios! ¡Que torpe se sintió! ¡Qué poco femenina con su chándal! Sin embargo, la cara que pusieron sus amigos cuando la vieron...No tenía precio, le decían que qué bien preparada había venido...Ella pensaba que los tenía a ellos en caso de que algo pasara.
Se fueron hacia la montaña como un grupo de quinceañeros; cantando canciones, haciéndose bromas, contando chistes, deseando que les tocaran las mariposas porque al parecer traía buena suerte (lo que resultó ser cierto en cierta medida, porque a la que no le tocó la mariposa se pegó un par de golpes) y ella estaba orgullosa de sí misma. Ellos estaban orgullosos. No se lo imaginaban pero ese día estaba significando muchísimo para ella; el camino era largo, de lo que ella llamaba "escalar" y sin embargo, ahí estaba ella haciéndolo y sin quejarse, con la ayuda incondicional de los demás pero con iniciativa. De vez en cuando miraba sus zapatillas, quienes estaban haciendo un perfecto trabajo.
Hasta que le dio la pájara. Lo que no era de extrañar porque hacía un sol espectacular pero asfixiante, era casi el mediodía y habían bebido poco. Los demás estaban bien, estaban acostumbrados a hacer ejercicio, pero ella no, sus paseos no la habían preparado para esto. No obstante, los demás la esperaron pacientemente, hasta agradecieron la parada...
Pues bien, al final llegaron a comer y recuperaron fuerzas.
En el camino de vuelta a casa, mientras dejaba el pueblo y amigos atrás, pensó lo bien que se había sentido, lo mucho que había disfrutado y lo mucho que había aprendido. Ir por la montaña tenía sus cosas buenas y estaba dispuesta a enfangarse y "escalar" más veces si esa sensación de comfort era la recompensa.